"La culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía"

“Este texto lo escribí hace más de un año, como proceso de mi terapia psicológica. No lo había hecho público, pero aquí esta lo que sentimos las mujeres victimas que sufrimos este flagelo del acoso sexual en entornos laborales” Esto es CONTAR PARA SANAR.

Durante mucho tiempo me pregunté en qué momento dejé de ser la mujer fuerte, la que reía sin miedo, la que cantaba sin razón y bailaba hasta que le dolían los pies.

Hoy entiendo que no la perdí. Solo quedó enterrada bajo los miedos, las expectativas y las experiencias que intentaron silenciar mi voz.

Ahora estoy lista para sacarla de nuevo a la luz. Este es el momento de encontrarme, no igual, sino más fuerte, más segura de mí misma, pero sobre todo, sanando.

Los miedos han configurado mi vida de formas que no siempre fui consciente. Pero, según la doctora Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta, hablar de ellos es el primer paso para restarles poder.

La clave para sanar no es olvidar lo que nos pasa, sino aprender a darle un nuevo significado. No nos define lo que nos pasó, sino cómo seguimos adelante. Hoy soy una espectadora de mi propia historia, capaz de contarla como una herida que va cicatrizando y quisiera decir que ya no duele, tal vez algún día eso pase.

Cuando miro al pasado, me encuentro con una mujer de 22 años tratando de ser adulta y profesional. ¿Por qué “tratando”? Porque desde niña deseaba verme como una persona adulta, como una señora.

En mi cabeza siempre existió la creencia de que a quienes se respetaba era a las personas mayores. Por eso, el primer día de la universidad, con 16 años, me fui vestida con la ropa de mi mamá. Siempre buscaba ropa que, según yo, me hiciera ver como una señora muy profesional.

A los 20 años me gradué. En mi trabajo de grado hablé de lo difícil que era para una mujer ser comunicadora social–periodista en un país tan patriarcal como Colombia, en una industria dominada por hombres.

Durante esa investigación descubrí que, por cada estudio de radio donde había diez personas en el equipo, solo una era mujer. Y esa mujer, casi siempre, tenía que ser “la tonta del grupo”.

Aún recuerdo muy bien a una de las entrevistadas que me dijo, textualmente: “Soy la bruta del programa con voz bonita”

Ese día sentí un balde de agua fría. Estaba a solo unos meses de graduarme y me preguntaba: ¿Mujer, para qué estudiaste?

Al mismo tiempo me daba ánimo pensando que mi suerte sería diferente, porque yo nunca permitiría que me trataran así.

Me gradué el 4 de julio, el día de la independencia de Estados Unidos. Con mi título en la mano pensé que el mundo laboral me recibiría con los brazos abiertos. Había sido buena estudiante, tenía buenas notas, había hecho todo “bien”. Pero descubrí que eso no era suficiente.

Cada puerta que tocaba tenía la misma respuesta:
“No tienes experiencia.”

Y la única opción que me ofrecían para conseguirla era trabajar gratis. No podía creerlo.
¿De qué servía tanto esfuerzo sí ahora tenía que “agradecer” la oportunidad de regalar mi tiempo?

Me negué. Yo no había estudiado tanto para que me dijeran que mi trabajo no valía nada.

Entonces pensé que el problema era la ciudad. Que tal vez en una capital habría más oportunidades. Me fui a Medellín con una maleta llena de ilusiones y currículums impresos. Aprendí a amar esa ciudad, pero no encontré las oportunidades que buscaba.

La falta de experiencia me seguía como una sombra. Y cuando lograba dejar un currículum en alguna emisora, me decían lo mismo:

“Gracias. Si algún paisa no cumple con los requisitos, te llamamos. Lo siento, pero primero es nuestra gente.”

Ni siquiera podía enojarme. Así era el juego.

Después de un par de meses regresé a mi ciudad sin más opciones. Fue entonces cuando mi padre me dijo que tenía un amigo contador que trabajaba en una emisora y que podía ayudarme a conseguir un trabajo.

No era lo que yo, en mi mundo ideal, hubiese querido. Pero lo tomé. Hoy agradezco esa decisión, porque esa pequeña puerta me llevó a crecer.

Me presentaron con un periodista reconocido, Humberto, y con Kike, quien ahora está en el cielo. Ellos me dieron mi primera oportunidad laboral y siempre estaré agradecida con ellos.

Y en menos tiempo del que pude ser consciente, ya tenía otro trabajo. Uno con una gran responsabilidad. Uno que, tontamente, me hacía sentir muy importante.

Pero lo que no sabía en ese momento era que, en el mundo laboral, no basta con ser buena. También tienes que aprender a sobrevivir.

24 años tenía cuando empecé a trabajar con el gobierno. Por lo general, para tener estos trabajos primero tienes que hacer campaña política. Gratis. Porque el absurdo sistema funciona así.

Ahora que vivo en Estados Unidos entiendo mejor por qué mi país sigue siendo tercermundista. Pero bueno, ese es otro tema que no viene al caso ahora.

Además de invertir tu tiempo y tu trabajo por una promesa, necesitas tener la suerte de que el candidato gane y tenga pantalones para decirte: “Sé que trabajaste 24/7. Gracias. Como lo prometí, el puesto es tuyo.”

Pero muchas veces la gente trabaja gratis y, cuando el candidato gana, les aplican el famoso: “Si te vi, no me acuerdo.”

¿De qué otra forma puedes conseguir ese trabajo?
— Siendo familiar de algún apellido importante.
— O, como me enteré después, teniendo relaciones sexuales con algún poderoso a cambio de un puesto.

Esas son las modalidades para llegar ahí.
¿Que si hay alguien que haya llegado por mérito? Quiero creer que sí. 

Entonces, ¿Cómo llegué yo a ese puesto?
Al principio pensé que por mérito. Fui muy ilusa.

Aún los periodistas "no me conocían". Aunque llevaba un par de meses haciendo radio, no era “tan importante”. Era A.M., y me decían que para ser periodista de verdad tenía que salir en F.M.

Lo cierto es que al secretario de prensa no le importó mi hoja de vida ni lo que yo pudiera aportar. Le importaba cómo, a través de ese trabajo, podía presionarme para que me acostara con él.

Solo que conmigo cambió su modus operandi.
Según me contaban los colegas, normalmente pedía el intercambio de relaciones sexuales por trabajo, de frente. Y si lo lograba, ya se sabía cuál era el resultado.

Como les decía, a mí me contrató primero siendo muy profesional. Y en esa misma semana me invitó a cenar para hablar de todo lo que se venía en el trabajo, porque había mucho por hacer.

Me pareció normal. No iba sola: nos acompañaba otro servidor público, y eso me dio confianza. Además, yo sentía que había alcanzado el cielo con dos manos, que tenía un trabajo súper importante.

Llegamos al restaurante. Se pidió comida para tres. La cena parecía una simple reunión laboral… hasta que, de repente, nos quedamos solos.

Uno de los platos era “para llevar”, una excusa para que el otro invitado se fuera. Y de pronto éramos solo él y yo.

Durante la cena se habló de trabajo… y de lo linda y tierna que me veía.

A veces el peligro no llega de golpe, sino en pequeñas señales que parecen insignificantes.
Una frase fuera de lugar, un cumplido disfrazado de interés profesional, pero cuando lo miras en retrospectiva, entiendes que todo estaba planeado.

Empecé mi primera semana de trabajo y me anunciaron que iba a tener una subjefa, con la que estaría la mayor parte del tiempo. Algunos me la habían descrito como un ogro, pero logramos tener feeling y nos llevábamos bien profesionalmente.

A ella le gustaba mi trabajo; se dejaba asesorar. Llegué en una temporada de mucho trabajo porque se celebraba una fiesta importante para la ciudad, y yo era la encargada de la promoción del festival.

Mi trabajo marchaba muy bien y todos estaban contentos con lo que hacía.
Pero mi jefe, dejó de hablarme por mi nombre.

Me escribía por WhatsApp:
“Mi reina.”
“Linda.”
“Mi amor.”
“Eres tan bella.”

(Acá hago un paréntesis para decirles que, si están enfrentando acoso laboral o conocen a alguien que esté pasando por esto, lo mejor es documentar todo: mensajes, fechas, comportamientos, lugares. Llevar un diario de lo que pasa y buscar ayuda con recursos humanos o con alguna organización especializada en derechos laborales.)

Retomando: ya no era importante lo que yo pudiera lograr, lo único que empezó a importar era lo linda que había ido vestida, lo bonita que me veía ese día, y si tenía novio o salía con alguien.

Con esto tan evidente —que se llama acoso sexual laboral— pensé que podía “manejarlo”.

Nos enseñan a ser amables, a minimizar lo que nos incomoda, a creer que podemos manejarlo solas.
Pero cuando el acoso aparece, no hay estrategia que lo haga desaparecer si no ponemos un alto.

No es nuestra responsabilidad “manejar” a un acosador. Es nuestra responsabilidad protegernos, hablar y buscar ayuda.

Eso lo entiendo ahora.
En ese momento, mi forma de “manejarlo” fue decirle que no salía con nadie, que había terminado una relación larga y aún estaba con mucho dolor en el corazón. Que prefería darme un tiempo a solas.

Él me respondía que, sí me daba ese tiempo, yo podría enamorarme de “un gordito como él”.
Yo le contestaba que no sabía que había que darle tiempo. Pensé que podría tenerlo así por mucho tiempo.

Pero cada vez se volvía más insistente.
Hacía que me quedara hasta tarde en la oficina para quedarse a solas conmigo.

A veces un compañero me llevaba a casa. Cuando él se enteró, le pidió al conductor de la secretaría que me recogiera y me llevara. Esa era su nueva “tarea”.

Recuerdo salir un día de la oficina, como a las nueve de la noche. El conductor me esperaba preocupado. Me decía:

“Mamita, ¿está bien? No se quede a solas con él. Sé que es nuestro jefe, pero no tiene buenas intenciones con usted y me da miedo que le haga algo.
No me importa quedarme hasta más tarde, pero me quedo tranquilo dejándola en su casa sana y salva.
Tengo una hija como usted y no quisiera que viviera el acoso que usted vive.”

Era un secreto a voces. Pero no se hacía nada.

Llegó el día en que tenía que viajar para hacer una gira de medios. Fue una semana de ir y volver todos los días con un funcionario diferente y con el cantante que promocionaba el festival. Todo iba bien… hasta que llegó el turno de viajar con él.

Fue a recogerme a la casa. Se suponía que iría alguien más con nosotros en el carro, pero al final solo fuimos él y yo. Aprovechó ese tiempo para insistir en que saliera con él, que le diera una oportunidad, que se estaba enamorando de mí.

Me decía que a mí sí me quería “en serio”, que si me convertía en su novia tendría que sacarme del trabajo por conflicto de intereses, pero que él me daría todo para que no me faltara nada. Quería que todo el mundo supiera que era su novia.

Yo me sentía muy incómoda. No sabía cómo actuar ni qué decir. Entonces se me ocurrió preguntarle si era cierta su fama de dar trabajo a cambio de sexo.

Sin ningún problema me dijo cuáles compañeras “se lo habían dado”, pero que eso era “cuestión de una sola noche y ya”, que ellas no significaban nada para él.
Pero conmigo —según él— quería algo romántico. “Amor puro”. No solo las humillo, también las revictimizo. 

Para ese momento ya estaba paralizada del susto. Para que dejara de insistir, le dije que me diera unas semanas para pensar las cosas. No era esperanza: era supervivencia. Solo quería que dejara de intentar tocarme la pierna. Quería llegar al canal y no pasar más tiempo a solas con él. Ese día empezó a decirme “mi amor”.

Llegamos al primer canal. Yo me fui con el cantante, a quien debía apoyar en la entrevista. Él vio que con el cantante hablábamos con confianza y empezó a hablarme con celos:

—¿Qué tiene ese man que no tenga yo?
—¿Es que te gusta?
—¿Por qué le sonríes tanto?
—Tú estás aquí para trabajar, no para coquetear.

Y me recordaba una y otra vez que él decidía si yo tenía o no trabajo.

Después de eso decidió acompañar al cantante y me mandó con el grupo de baile.

Tras una extensa jornada, nos volvimos a encontrar para grabar con el último canal. Fue entonces cuando nos avisó que la carretera estaba cerrada por un derrumbe y que tendríamos que pasar la noche en Bogotá.

Le dije que no, que no había llevado ropa de cambio, que yo me regresaba así tuviera que pasar la noche en la carretera.

El grupo de baile dijo:
—Entonces nos vamos ya, a ver si alcanzamos a pasar.

Quise irme con ellos, pero él me dijo que no. Que aún quedaban asuntos pendientes del trabajo. Que había organizado reuniones para el día siguiente.

Le dije:
—Ok, me voy para casa de un familiar. ¿A qué hora nos vemos mañana?

Y respondió:
—No. No puedo dejarte ir. Estás en modo trabajo y tengo que cubrir tus viáticos. Vamos a un hotel. Ya tengo todo listo.

Y sí. Ya estaba todo listo.

Llegamos a un hotel donde me enteré de que solo había una habitación a nombre de “el señor y la señora”. Una cama matrimonial.

Le dije al muchacho de la recepción:
—Hay un error. No es mi pareja. Es mi jefe. Y no me voy a quedar con él en una habitación.

Mi jefe, al oírme, sonrió y dijo:
—Pero amor, no hay necesidad de show ¿por qué no? No va a pasar nada que tú no quieras. Podemos compartir cama sin necesidad de tocarnos. Yo te respeto. Solo lo que tú quieras.

Le dije sin titubear:
—No me voy a quedar con usted en una habitación. No quiero. O me dan otra habitación o me voy.

El joven de la recepción estaba muy incómodo. Entonces mi jefe llamó a la propietaria del hotel y pidió otra habitación, diciendo que “se le había olvidado” que llevaba una empleada. La mujer autorizó la otra habitación.

El muchacho me entregó la llave. Mi jefe subió primero. Eso le dio al recepcionista la oportunidad de decirme en voz baja:

—Tenga mucho cuidado. Al señor lo autorizaron para tener una copia de la tarjeta de su habitación. Yo debo dársela.

La dueña del hotel hacía parte de esto. Seguramente no era la primera vez.

Esa noche quedó en mi memoria para siempre.
Estaba sin ropa de cambio, sin artículos de aseo, sin nadie a quien acudir.
Sola y llena de miedo.

Aún cierro los ojos y veo a esa joven de 24 años.
Ahora, con 10 años más, la miro con compasión, con amor, con entendimiento.

“Juli, eras una joven con ganas de comerte el mundo. No te juzgues. No fuiste débil. Solo intentabas encontrar tu camino en un mundo que muchas veces es injusto con nosotras.”

Quiero decirte, como parte de esta terapia de sanar miedos, que nada de esto fue tu culpa.
No era tu responsabilidad anticipar el peligro ni cargar con la culpa de lo que otros hicieron.

“No eras tú la equivocada. Equivocado estaba el sistema. Equivocado estaba el abuso de poder. Tú solo querías trabajar, crecer, hacer lo que amabas. Y merecías hacerlo sin miedo.”

Entré a la habitación de ese hotel boutique. Fría, perfectamente decorada, con una cama vestida de blanco. Todo estaba en calma… menos mi corazón, que latía muy fuerte. Mi cabeza daba vueltas. Tenía mucho miedo.

Me sentí paralizada.
Pude haber salido de ahí, pero ese deseo de tener el trabajo soñado, de verme profesional, de estar haciendo lo que amaba… me hizo quedarme.

Apenas entré, mi instinto de supervivencia se activó.
Miré qué podía usar para defenderme, porque sí… yo esperaba que en cualquier momento él intentara entrar.

Vi la mesa del televisor. Pesaba mucho. Pensé: “Tengo que correr esta mesa hacia la puerta para trancarla.”
Moví el televisor de forma que, si caía, hiciera ruido. Tomé un jarrón: me serviría para defenderme.

Cogí la cobija de la cama, entré al baño, puse el seguro, me metí a la ducha, me envolví en la cobija y me hice pequeña.

Pasé toda la noche tirada en el piso.
Lloré de rabia.
Lloré de miedo.
Me sentí tan vulnerable y tan sola.

No sabía si debía contar o no lo que me había pasado.
¿Y si hablaba y no me creían?
¿Y si era mi palabra contra la de un hombre que decía ser muy poderoso?

Me amenazaba diciéndome que no podía irme porque tenía un contrato que cumplir.
Y me repetía una y otra vez que no podía hablar de esto con nadie, que era “entre los dos”.
Yo solo respondía: “Sí, señor.”

No sé en qué momento me venció el sueño; desperté en el suelo, el cuerpo me dolía, pero el alma me dolía más.

Me levanté, me di una ducha y me puse la misma ropa del día anterior, desde la ropa interior hasta los zapatos. Me cepillé los dientes con el dedo, me maquillé, salí del baño… y entonces tuve que dejar todo en su lugar.

A las 7 a.m. empezaba de nuevo mi jornada laboral.
Tenía que ver a mi jefe para el desayuno en el hotel.

Con un poco menos de fuerza que la noche anterior, corrí la mesa y el televisor, puse el jarrón en su sitio y tendí la cama. Estaba en piloto automático.

Cuando bajé a desayunar, él ya estaba sentado, sonriendo como si nada.

—Mi amor, ¿cómo dormiste? Yo te extrañé. Pensé en ir a buscarte, pero no quiero obligarte a nada.

No respondí. No quería darle poder sobre mi incomodidad.

—Hoy vas a descubrir lo que sería un día si vivieras conmigo —dijo.

Solo lo miré.

—¿Cuáles son las reuniones que tenemos? —pregunté, ignorando su comentario.

Dijo que primero haríamos una parada para que yo pudiera comprar algo de ropa. Me pareció lógico.
Lo que no sabía era que tenía otros planes para ese día.

La reunión que supuestamente justificaba nuestra estadía no existía.
O mejor dicho: sí existía, pero no tenía nada que ver con el trabajo.

Cuando llegamos al restaurante donde se llevaría a cabo, una mujer nos recibió con una sonrisa burlona. Lo miró y le dijo:

—Que se siente en otro lado. Necesito hablar contigo a solas.

Me senté en una esquina del restaurante mientras ellos conversaban.
Aproveché el tiempo para escribir los boletines de prensa, intentando enfocarme en mi trabajo.

Cuando por fin terminaron, pensé que nos iríamos. Pero no.

Me llevó a un centro comercial de tiendas de lujo. Entramos en una tienda donde un pantalón costaba una fortuna.

—Escoge lo que quieras, linda —me dijo.

No toqué nada.
Él se río:

—Sí, es que con esos sueldos que ganas jamás te va a alcanzar para esto. Pero si fueras mi novia, las cosas serían diferentes.

Le dije:

—Gracias, estoy bien así. Si ya no hay más reuniones, ¿nos podemos ir?

—No —respondió—. Es nuestro día y apenas empieza.

Me agarró de la mano muy fuerte y me llevó a una tienda muy reconocida de zapatos.
Cada par costaba entre $250.000 y $500.000 pesos.

Empezó a probarse zapatos y me dijo que me sentara y me midiera unos.

Le dije que no, que no quería.
Me contestó:

—¡Que se mida estos zapatos! Soy tu jefe y me haces caso. Me gustan estos zapatos y tienes un pie pequeño. Estoy seguro: si a ti te quedan, le quedan a mi hija. Tienen el mismo pie.

Solo pensaba:
Tiene una hija. Y me está haciendo esto a mí. ¿Por qué no piensa en que alguien podría hacerle lo mismo a ella? ¿Qué sentiría?

Por miedo me senté.
Me medí los zapatos.

Estaba muy pálida.
El vendedor, aprovechando un momento en que él se fue, se acercó y me dijo:

—Señorita, tome agua. Y dígame: si su esposo le está haciendo algo, déjeme saber.

—Para empezar, no es mi esposo —le dije—. Es mi jefe. Y estoy aquí en contra de mi voluntad.

Él quería ayudar, pero mi jefe regresó muy rápido.
Me tomó de la mano con fuerza y me sacó de la tienda.

Así me tuvo todo el día:
de tienda en tienda, sin soltarme, comprando cosas muy caras para mostrarme que en un día podía gastar siete millones de pesos sin problema. Esperaba que el dinero me deslumbrara.

En todos lados me ofrecía algo. Yo no acepté nada.
No quería nada de ese señor. Solo quería irme para mi casa.

Finalmente le dije:

—Ya son las 3 de la tarde. Hoy entré más temprano y no tuve hora de almuerzo. Oficialmente ya no estoy en hora de trabajo. Me voy.

—No vas para ningún lado —respondió—. Yo te saqué de tu casa, yo te llevo a tu casa. Estás cansada, está bien, vámonos ya.

Y así salí de nuevo hacia mi ciudad.

En el camino me contó que desde hacía un mes había terminado las relaciones que tenía con mis compañeras de trabajo, las que —según él— aceptaron el trato.
Me dijo cuándo había sido la última vez con cada una.

Y añadió que era tan bueno en la cama que una de ellas estaba “súper enamorada”, pero que ya le había dejado las cosas claras: que él no sentía nada por ella, que era una relación basada solo en sexo.

Me decía que las atenciones y las “confesiones”— era para que yo confiara en él y en su supuesta fidelidad hacia mí.

Durante todo el camino intentaba tocarme las piernas.
Yo les juro que me quería tirar de ese carro.
Pero lo único que pude hacer fue decirle:

—Si de verdad me quieres bien, no me presiones. No hagas esto, porque me siento mal. Yo te voy a decir cuándo esté lista. Este fue un lindo viaje, no lo dañes con esto. Si te voy a dar una oportunidad, déjame aclarar cosas yo también, por favor.

Y solo así, con mentiras y con ganas de vomitar por lo que estaba diciendo, logré llegar a mi casa.

Días después, su control seguía.
No dejaba que ningún compañero me llevara a casa ni que yo me fuera sola.
Siempre tenía que ser el conductor quien me dejara.

Vio que había un compañero con el que hablaba mucho. Un día lo vio recogiéndome y me dijo:

—Si no quiere que lo eche del trabajo, deje de verlo y de hablarle.

Cada día era peor.

Ya faltaba poco para terminar mi contrato, pero mi jefa —la directora con la que me llevaba bien— me dijo:

—Puedo sacarla de esa dependencia. Yo la contrato y ya no tiene que rendirle cuentas a él. No tiene que decirme nada, yo sé cómo es y qué está pasando. Déjeme eso a mí. Acepte el trabajo.

Y dije que sí.
Muy feliz.
Era una salida, una luz.

Pero a los pocos días me enteré de que a ella la habían removido de su cargo.
Había hablado de mi contratación, pero la última palabra la tenía él.

Entonces me dijo:

—Ella ya no está, así que no hay el contrato que le prometió. Pero sí hay un contrato para ti, si lo quieres. Te espero en mi casa para firmarlo.

Le dije que no, que lo llevara a la oficina.

—Ay, por favor, Julieth —respondió—. No puedes ser tan inocente como para creer que me va a tener todo el tiempo esperándola. Yo le ofrecí ser mi mujer, la oficial. Ahora le estoy ofreciendo un trabajo. ¿Qué quiere? ¿Quiere el trabajo? La espero en la noche en mi apartamento. Solo así lo puede tener.

Le dije “no, gracias” y salí llorando de ahí.
Me sentí frustrada, con mucha, pero mucha ira.
Me dolía darme cuenta de que el poder gana, y que una termina siendo un peón en ese juego de poder.

Poco tiempo después, gracias a un colega que supo algo de la historia, me convenció para hablar con la FLIP, la Fundación para la Libertad de Prensa.
Me dijo que ellos podrían brindarme apoyo.

Tenía miedo, pero dije:
—Listo, lo hago.

Me reuní con unas funcionarias de la fundación.
Les conté todo.

Me dijeron que lo sentían mucho, que mi caso no era el único en el país, que era más común de lo que yo creía.
Me aseguraron que me brindarían ayuda, que documentarían mi caso y que se pondrían en contacto conmigo para darme un paso a seguir.

Es 2026 y la ayuda nunca llegó. Pero ya no la estoy esperando.

Porque sanar no es esperar justicia.
Sanar es contar la historia.
Es hacer que nadie más tenga que vivir lo mismo sin saber que hay otra salida.

Y si esta historia le da fuerza a alguien más, entonces habrá valido la pena contarla.


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